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Los Gozos y las Sombras La transición frustrada (II)


Por Mónica Uribe (twitter @leyre1966)

Decía en la entrega pasada que la condición básica de un proceso transicional es que existan elecciones libres y transparentes. En el caso mexicano, la libertad de sufragio es un derecho y se prohíbe la coacción del voto. La transparencia está garantizada por los mecanismos y procedimientos legales que deben ponerse en marcha por las autoridades electorales, en este caso por el Instituto Federal Electoral, que para eso es un organismo autónomo del Estado con rango constitucional.
La creación del IFE respondió a la necesidad de contar con un organismo independiente del gobierno en turno, lo suficientemente plural y probo, para conducir los procesos electorales en sus totalidad, cuyos resultados en teoría, deberían ser absolutamente confiables; para resolver las controversias se creó  el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federal.En el año 2000, el IFE, a cargo de José Woldenberg, entregó cuentas claras del proceso y Vicente Fox tomó posesión como presidente sin el menor problema. Claro, hubo una adecuada cooperación del PRI y muy en especial de Ernesto Zedillo, quien se esmeró en dejar la casa en orden  - no me refiero sólo a Los Pinos – y en paz.. Fue una alternancia de terciopelo, que a la distancia se vislumbra como la primera escena del primer acto de una tragedia, que entonces aparecía como el final feliz de una tragicomedia de enredos. Frente al sonriente porvenir de la alternancia, incluso los escépticos, coincidían en que el cambio algo tendría de promisorio.Hoy, el problema es que no sabemos en qué acto estamos ni cuándo terminará ni como será la escena final de la representación.
Las elecciones del 2000 fueron radicalmente distintas a las de 1994, pero tuvieron un rasgo en común: la ausencia de fraude electoral. Incluso, las elecciones intermedias de 1991 fueron bastante limpias, igual que las de 1997, cuando, por primera vez, el PRI perdió la mayoría en la Cámara. Daba la impresión de que,por fin, partidos, gobierno y ciudadanos habían llegado a un acuerdo de cómo llevar a cabo las elecciones para evitar dramas pasionales, dudas y movilizaciones como las de 1988. Total, la guerrilla había sido confinada a Chiapas, la economía levantaba y el debate por la democratización llevó a una reforma del sistema electoral “definitiva” que abría la puerta a la alternancia. Democracia y economía de mercado eran la única ecuación posible que llevaría a México a ocupar el lugar que le correspondía en el concierto internacional en la era de la globalización.
El 1 de diciembre de 2000 parecía la fecha esperada para consolidar la democracia en México. El discurso inaugural de Fox, tan distinto a los que estábamos acostumbrados, reveló una cierta intención de cambio en las estructuras políticas; se daba por descontada la continuidad del modelo económico y de la parte social apenas se habló. Vicente Fox representaba en ese entonces un nuevo tipo de político, menos hierático, distante de la cultura política tradicional. Se le creyó diferente, pero Fox reveló sus deficiencias de manera temprana: para el primer año de gobierno ya había perdido el bono democrático. De ser pacientes ante la inexperiencia en las labores de gobierno exhibidos por Fox y su cohorte, los mexicanos pasamos al asombro por toda una serie de declaraciones, decisiones y acciones que dejaron entrever el verdadero talante del guanajuatense (y de su recién estrenada consorte, dicho sea de paso).
Para las elecciones intermedias de 2003, ya era clara la desilusión frente al foxismo y una nueva estrella asomaba en el horizonte: Andrés Manuel López Obrador, quien no desaprovechaba ningún foro para demostrar que él sí representaba una verdadera diferencia con respecto al PRI y al PAN. El reto cotidiano a Fox,casi desde el inicio del sexenio,desencadenó la guerra sucia que puso a López Obrador en el banquillo de los acusados. Los videoscándalos y el desafuero por el caso del predio El Encino fueron las dos principales acciones prohijadas por el gobierno foxista para obstaculizar la candidatura presidencial delentonces jefe de gobierno del Distrito Federal.
Una transición democrática exitosa se confirma a través de una segunda alternancia de partidos, lo que evidentemente Fox impidió. Los comicios del 2006 evidenciaron que los panistas habían llegado al poder y pretendían quedarse a cómo diera lugar. Calderón no fue el candidato de Fox, pero éste hizo todo para que asumiera el poder. En contraste, Calderón aceptó a regañadientes la candidatura de Josefina Vázquez Mota, pero al darse cuenta de que difícilmente podría ganar las elecciones presidenciales de 2012, la dejó a su suerte y negoció su salida con “el puntero”. Quizá por eso, la cúpula panista no se atrevió a echar a Vicente Fox de sus filas, porque su abierto apoyo a Peña Nieto coincidió con el de Felipe Calderón; la diferencia es que el actual presidente de la República no lo expresó, lo actuó y dejó pasar, en la más pura visión liberal del poder, mientras que Fox, a bocajarro, no tuvo el menor recato en manifestar su desdén por Calderón y la candidata del PAN. Como sea, fue el cobro de factura a su sucesor.
Con salvedades y diferencias, las elecciones de 2006 y las del pasado 1 de julio se parecen entre sí y a las de 1988. Los tres procesos han sido cuestionados por su inequidad y por el fraude. En 1988 no existía un sistema electoral autónomo ni tan sofisticado como el de ahora. La credencial de elector no tenía fotografía; así, era muy simple hacer fraude: urnas rellenas, carrusel, ratón loco, cuanta artimaña para alterar los resultados. Además, las “caídas del sistema” eran entendibles, los sistemas de cómputo eran muy rudimentarios comparados con los actuales. Y también estaban la Comisión Federal de Electricidad y la Compañía de Luz y Fuerza del Centro (en liquidación) para echarles la culpa … Pero en 2006 y ahora, las condiciones son distintas. El fraude cibernético puede hacerse, ahí está la famosa teoría del algoritmo que elevó, según se dice, la votación a favor de Calderón. Además, como José Antonio Crespo lo documentó en su análisis de las actas electorales, había tal cantidad de alteraciones, que le fue imposible dar un veredicto sobre el resultado electoral de hace seis años. Ahora, los ciudadanos se organizaron y hay conteos paralelos que favorecen a López Obrador, aunque están en una etapa preliminar y no es posible en estos momentos saber con certeza si podrán demostrar el suficiente número de irregularidades como para anular la elección.
Además de la desconfianza en que las autoridades electorales cuenten los votos emitidos de forma transparente, se tiene duda acerca del uso de recursos de campaña, cómo es que se allegan estos recursos, cuál es el origen de éstos y en qué se gastan. Es en éste último punto donde esta el quid del asunto, pues la compra de votos previo a la elección está demostrada. La izquierda documentó el caso de las tarjetas prepagadas de Soriana que se entregaban para coaccionar el voto a favor del PRI y el PAN denunció el uso de las tarjetas Monex para el pago de funcionarios de casilla, con el mismo propósito.
En realidad seguimos igual que 1988: la cultura del fraude no ha variado, pero sus mecanismos son distintos. Si antes básicamente se trataba de la cooptación del voto corporativo a cambio de prebendas, ahora se busca atraer a las masas depauperadas con dinero electrónico para la compra de productos básicos; es decir, las estructuras partidarias utilizan electoralmente la crisis económica. El uso electoral de las políticas públicases criticable, pero tiene una lógica natural, pues los gobiernos esperan recibir una recompensa por su buen desempeño y tal recompensa se traduciría, hipotéticamente, en una intención de voto a su favor. Asume forma de coacción, cuando se condiciona el acceso a los beneficios de las políticas públicas a cambio del voto, lo que ha sucedido de forma más o menos constante, a veces más discretamente y otras más abierta. Pero lo que ahora se ha visto es prácticamente inédito, pues la entrega de recursos para coaccionar el voto se dio desde la oposición  - claro, una oposición que es gobierno en 20 estados -  y no sabemos si los recursos en cuestión provienen de ahorros del gasto público, de financiamiento privado o de dónde.
El caso es que con una enorme burocracia electoral, una erogación de alrededor de 250 pesos por voto, un constructo jurídico electoral sofisticadísmo y detalladísimo, hasta el momento no logramos tener transparencia absoluta en los procesos electorales, desde la selección interna de candidatos hasta el conteo final de votos. El único momento en que todos los ciudadanos somos iguales es en aquel en que emitimos nuestro voto. De ahí la imperiosa necesidad de procesos equitativos y transparentes en todas sus etapas. Elecciones libres, libre juego de partidos y alternancia en el poder son, efectivamente, precondiciones para transitar a la democracia. Pero también se requiere de actores políticos que se ajusten a las reglas del juego democrático. La democracia es método, el fin es la justicia; si la democracia se frustra, ¿dónde queda la justicia?

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