Opinión
Junté
toda mi indignación, la tenía a flor de piel. En el fondo ya me lo esperaba,
pero como muchos, había aguantado, había puesto mi último cartucho de credulidad
y se había quemado, ahora no quedaba nada más, nada más que esperar, nada más
que perder. A pesar de mis años acumulados salí de casa siendo joven, uno de
corazón ardiente. Pasé a comprar una cartulina, no había de color blanco,
acepté una verde claro. Me detuve en la casilla donde voté, un clic, dos clics,
listo, foto del recuerdo a las sábanas. Había visto la invitación por feisbuc,
creo, tal vez sólo la imagine, o la creé en mi mente; en realidad hubiera
salido de todas formas al encuentro con mi destino.
El
tráfico comenzaba a paralizarle sobre el boulevard 5 de mayo, sabía que ya
estaba cerca. En la lentitud del tráfico iba implícita la velocidad de la
sociedad que despertaba, no habían transcurrido ni 24 horas del fraude. Era la
una y media de la tarde, aproximadamente; no se si mi percepción es correcta en
estos últimos días, para mi son en la práctica como de 16 horas. La gente
parecía normal, el día parecía normal, un lunes, casi como cualquier otro. Muy
pronto pude sentir, más que escuchar, el clamor del contingente, aún apagado
por los claxons de la hora pico. Durante el camino iba pensando cuál sería el mensaje
más adecuado para pintar en mi cartulina pero no pude decidirme, quería decirlo
todo, quería gritarlo todo, provocar la gente que pasiva veía pasar las horas
como si nada grave hubiera sucedido.
Por
fin Alcancé a la marcha en la calle peatonal john lennon, no me atreví a
contarnos, no hubiera podido, éramos más de los que estábamos caminando en un
sólo sentido, con una sola consigna, en una sola dirección y con una misma
indignación y con un sólo grito: “¡fuera
Peña Nieto!”
Una
vez en el zócalo gritamos aún más fuerte. La mayoría jóvenes, levantaban sus
pancartas con más orgullo, tan alto como para colgarlas de las nubes. La gente
nos miraba, no parecían muy sorprendidos. Empecé a leer mensajes, consignas,
ideas, reclamos. Me vi impelido a decirle a un chavo que bajara su bandera del
PRD - esta marcha no es partidista - le dije. - No me lo tomes a mal amigo, yo
voté por AMLO, pero aquí vengo como un ciudadano más, por favor, no creemos más
confusión-. El chavo accedió. Durante minutos seguimos gritando básicamente las
mismas consignas que habíamos creado en las primeras marchas anti peña nieto,
con otras variantes, como las de: “¡ife vendido!” “¡no más fraude!” o
simplemente “fraude” Pero la que parecía inflamar los corazones y las gargantas
con más frecuencia era la vieja conocida: “si hay imposición habrá revolución”.
Me
topé con mis primos, sabía que podía encontrármelos, nos saludamos. Mi prima me
dijo - Tenía que venir, hasta me salí del trabajo- tomé mi plumón y al pie de
la fuente de San Miguel al calor de las 2 de la tarde, tracé mi mensaje. Las
cámaras y los brazos seguían alzados, las pancartas buscaban un resquicio para
poder ser vistas, para poder ser leídas. Algunos fotógrafos se subían a los
bordes de la fuente para hacer clic a sus cámaras. A pesar de que nada, por la
premura de lo sucedido, realmente había sido bien organizado, estábamos
actuando, y eso era lo trascendental. Tal vez no teníamos un plan previo, pero
si un objetivo muy claro, de hecho creo que al paso de los días lo seguimos
teniendo.
Pasaban
los minutos y yo y los chavos sólo ansiábamos hacer algo, algo más. Supe que originalmente
la convocatoria había sido empezar la marcha a la 1 pm desde el parque Juárez
para llegar al zócalo; pero una vez ahí, el coraje nos dio las energías y el
ánimo necesarios para querer continuar, para querer llegar más lejos, hasta
donde fuera necesario.
Algunos
grupos comenzaron a gritar: “¡Movilización!”. No podíamos quedarnos ahí, no
podía terminar ahí todo, esto apenas comenzaba. El chavo con el altavoz
portátil prestaba el micrófono a quién se lo pedía, los que lo tomaron
expresaban su inconformidad, con sus propias palabras, con su propio dolor y su
propia frustración, que a la vez era la frustración de todos. No todos ahí
podíamos pasar al altavoz para sacar el ansía, pero todos traíamos el fuego de
la furia y teníamos que hacer algo antes de que nos consumiera.
Se
me acercó un hombre de mediana edad, delgado, tez morena, no un estudiante,
pero a pesar de aparentar humildad no se veía demacrado o vago -Yo te juro que
lloré toda la noche - me dijo y no pude evitar sentir un nudo en la garganta y
un hueco en el pecho, pero de alguna manera lo entendía y tragué saliva. - Pues
vamos a hacer una revolución pacífica - le contesté. Se había acabado de
integrar al contingente, no llevaba pancarta, me dio la impresión de que a
pesar de que no encajaba del todo con el promedio de los manifestantes, no
podía estar en un lugar mejor en ese momento. Me comentó que había estado dando
vueltas por todo el centro, yo supuse que como quien sale a caminar para buscar
una respuesta. - Yo no tengo nada que perder – me dijo - muchos somos capaces
todo, y no creo que podamos hacer las cosas pacíficamente, es mucho el coraje-.
Sus ojos estaban inyectados, desde luego que le creí.
Empezaron
a escucharse algunos gritos que sugerían la nueva ruta: “¡vamos al ife!” Al fin
algunos comenzaron a moverse, urgía imprimir más movimiento. Una vuelta al
zócalo y luego sin más ni más un primer contingente que se había desprendido,
animoso, de alrededor de unas 400 almas, tomó la calle Reforma con rumbo al
paseo Bravo. No supe si había mediado algún plan entre los primeros
aventurados, pero ahí estaba, igual que todos, haciéndonos ver, intentando lo
imposible.
La gente nos miraba desde las aceras, desde el
umbral de los negocios, ya nos habían visto pasar antes, a los mismos y a
otros, cuando la primera marcha anti-peña nieto, pero hoy era distinto, hoy era
el tan esperado día después. Muchos alzaban sus brazos y nos aplaudían, muchos,
la inmensa mayoría. Nos veían pasar y se les iluminaba el rostro, les estábamos
dando una esperanza, al menos eso es lo que yo percibía. Las cabezas agachadas
se alzaban al oír nuestro clamor. Se asomaban los rostros saliendo de las ventanas. Comenzamos
a impregnar sus corazones, estábamos contagiándoles nuestro ánimo, el coraje
que dejábamos escapar en un grito, en un canto que exigía justicia, que se
alzaba verdaderamente triunfal en medio del laberinto de la soledad, en medio
de las calles de una ciudad antigua, que despertaba.
Al
fin llegamos al paseo bravo, nadie se había propuesto una meta, pero sabíamos
que una parada obligada era el edificio de Televisión Azteca que esta en la
avenida Juárez. Cuando llegamos encontramos las puertas cerradas, no
esperábamos algo distinto. El contingente les gritó lo que a nuestro criterio
consideramos pertinente, sus verdades. “!prensa vendida cuéntanos bien, no
somos uno, no somos cien!” al poco tiempo comenzó a sonar el himno nacional. No
sabíamos a dónde ir como siguiente destino, pero aún teníamos la pila muy alta.
El chavo del altavoz pidió una asamblea urgente a media calle para decidirlo.
La mayoría pedía que una cabeza rodara: “¡IFE!” en eso estábamos cuando nos dio
alcance el segundo contingente, uno más grande. Nuestros ánimos se encendieron
mucho más. Le marqué a mi amigo periodista para preguntarle por la ubicación
del IFE, estábamos desubicados. Pronto todos lo aclaramos. Ser joven y
consciente, tener el valor de actuar, querer salvar a tu patria, no
forzosamente te hace conocedor de todos los detalles necesarios para hacerlo,
cuentas con el ímpetu, pero a veces en la prisa de la emoción, pasas por alto
algunas cosas, se te escapan las menudencias, pero los detalles siempre son
importantes. Quiero pensar que algo había pasado ahí, estábamos realmente
despertando y no sólo ante la injusticia; el fraude también había sido el
pretexto para que los ahí reunidos nos prometiéramos desde ese momento estar más
y mejor informados, hasta de las pequeñas cosas que antes habíamos pasado por
alto.
Tomamos
la calle 25 sur y en la 31 poniente dimos vuelta. La 31 nos miró pasar, con
todo y su continuo tráfico y fragor. Los autos también se convirtieron en
nuestros espectadores y no tardaron en unirse. Los jóvenes acuñaron un nuevo
grito al aire “!Toca tu claxón únete a la marcha” pues no habían sido pocos los
automovilistas que al pasar nos apoyaban con la artificial voz de sus autos. Ya
estábamos un poco cansados pero nadie lo confesaba, muchos nos habíamos salido
seguramente sin comer, arrojándonos a la furia de los rayos del sol de media
tarde. No cesaron nunca nuestros gritos y a cada que podíamos íbamos cantando
nuestras consignas, para sacudirnos la monotonía nos poníamos a brincar
mientras cantábamos: “!el que no brinque es Peña, el que no brinque es Peña!”
al fin llegamos a la 2 sur y dimos vuelta una vez más, algunos se querían
seguir de frente, “vamos al boulevard” decían, pero ganó la cercanía inminente
del IFE. En unos pasos más al fin estábamos al pie del edificio.
Al
llegar no faltaron las mentadas de madre, ni las miles de voces que se alzaron
para gritar al unísono: “!ife vendido!” !vendepatrias! Cobardes! Y un largo y
florido catálogo de insultos bien merecidos y bien proferidos. El canto se
escuchó una vez más: “¡aquí se ve, aquí se ve, que Peña Nieto presidente no va
a ser!” Habíamos cumplido nuestro cometido, estábamos a las puertas de la junta
local ejecutiva del IFE, mismas, que desde luego, y como era de esperarse,
encontrábamos cerradas. Nos apresuramos a pegar nuestras pancartas a lo largo y
ancho de sus fríos ventanales, grises, con sus persianas verticales cerradas,
tristes, polvorientas, ciegas y sordas, temerosas, como queriendo ocultar la
luz del exterior, la poca luz que se filtraba de la calle. En pocos minutos su
fachada quedó tapizada con nuestros cartéles, con nuestras exigencias y
reclamos.
La
marcha siguió pero yo ya no pude continuar, el día anterior había estado muy
activo caminando también, quemando el último cartucho, aún antes de confirmar
que vivía en un país con una democracia ultrajada. Ya la edad y mi estilo de
vida predominantemente sedentario no me permitían darme esos lujos como antes.
A pesar de que había llevado tenis y de que había gritado a un volumen más
controlado que en las anteriores ocasiones, decidí que lo más prudente sería
dejar que los más jóvenes que yo siguieran sin mi, ellos si habían gritado con
más fuerza que antes incluso. Después de todo había hecho mi parte, había
pegado mi pancarta y había sumado mi alma y mi energía, había contribuido,
aunque no fuera tomado en cuenta por los medios, a la transformación verdadera
de mi país, un país al que le hace mucha falta mirarse de pie y marchando,
después de todo no soy tan viejo, aunque soy más joven de corazón que de edad. Unirme
no parece mucho, ni cuenta como una gran hazaña a primera vista, pero sin pecar
de orgulloso, no haberlo hecho si hubiera sido una diferencia, pero negativa.
Ahora cada día y cada hora nos revela más pruebas del fraude y más acciones
concretas contra aquellos que se dicen con autoridad pero que sólo se han
dedicado a delinquir en la total impunidad.
Hoy
ya estamos sumidos en la revolución, al menos así nos sentimos los jóvenes que
ese primer día marchamos al IFE. La consigna se realizó, esta sucediendo una
imposición, y ahora debemos ser coherentes, y no caer en la misma trampa de los
que tanto criticamos. Hoy estamos de pie, y estamos a la espera, atentos y
comunicándonos, y aunque aún falta por prender el barril entero de pólvora, los
chavos le apostamos a que la explosión sea de ideas o en todo caso de acciones concretas,
pacíficas, pero no por ello menos enérgicas.
Me
quedé un rato más ahí, mirando como algunos fotógrafos de la prensa hacían el
levantamiento del cadáver. Camionetas de la policía habían llegado al lugar,
motocicletas, autos. Comencé a grabarlos mientras pensaba muchas cosas mientras
los veía con sus uniformes azul oscuro. Después me enteré de que los jóvenes
habían llegado de nuevo al zócalo y de que habían ahí montado un campamento, yo
podía seguir avanzando y ayudando concentrándome en lo mío. Me regresé a mi
trinchera, encendí la computadora, y comencé a vaciar las fotos y los videos en
las redes sociales.
por @mautinus
por @mautinus

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