El oficio de periodista, sin intensión premeditada, llega a complementar en infinidad de ocasiones la labor que implica la defensoría de los derechos humanos. Regina Martínez posiblemente no tenía en mente lo anterior cuando se decidió a informar sobre la violación y asesinato de Ernestina Ascensión Rosario a manos de elementos del ejército mexicano en la sierra de Zongolica, Veracruz, en el año 2007. Sin embargo, a lo largo de sus tres décadas de trayectoria en el gremio podemos encontrar la más firme determinación de asumir, dentro de la tarea de informar, un medio que apela a la reflexión del lector, que lo exhorta a repensar y replantearse el cotidiano nacional –lo que nos quieren hacer ver, pero que en realidad no es–.
El
asesinato de periodistas en México no es nuevo y no sólo se debe a la guerra
contra el Narcotráfico que emprendió Felipe Calderón. Del 2000 al 2011, 75
periodistas han sido asesinados y 14 más se encuentran desaparecidos en
territorio mexicano, lo que ubica al país como la nación más peligrosas para
ejercer esta labor. Pese a todo lo anterior, además de los reclamos de diversas
organizaciones no gubernamentales nacionales e internacionales y de las
demandas planteadas por diversos miembros de la sociedad civil, la mayoría de
los casos sigue impune. No son sólo los periodistas y sus familiares los que se
ven afectados cuando se convierten en víctimas de algún tipo de atentado, sino
que todos somos parte del daño que han sufrido pues cada crimen cometido en su
contra contribuye al silencio que tanto daño hace, que nos deja menos
informados y es sintomático de una fuerte descomposición nacional que ha
convertido a la violencia en regla cotidiana. Es decir, se vulnera tanto al
periodista que es obligado a callar contra su voluntad en su derecho de
informar como también se vulnera nuestro legítimo derecho de acceder a la
información. Es necesario que como sociedad volvamos a identificarnos en éllos
y en las historias que narran, pues es a través del ejercicio de crítica sobre
la verdad la manera en que podremos comenzar a reconstruir todo aquello que se
ha visto deshecho.
Al
asesinato de Regina y de los demás periodistas asesinados sólo se les puede
responder alzando la voz. Alzando la voz para exigir el esclarecimiento del
crimen, para buscar que esto no vuelva a suceder, pero también para que lo
pasado no se olvide. Debemos alzar la voz contra los aparatos del Estado, que
en buena medida son responsables de lo que sucede hoy en día en nuestro país.
Debemos alzar la voz contra aquellos medios o periodistas que con su silencio o
apatía se convierten en cómplices de esta emergencia nacional. En estos tiempos
en los que se criminaliza la protesta social, en los que se hostiga a los
usuarios de las redes sociales y en que se amenaza a los periodistas y
defensores de derechos humanos debemos saber que el crimen prospera con la
impunidad y para la impunidad se requiere ignorancia. Buscar justicia para los
periodistas también es buscar justicia para nosotros mismos, pues en la medida
en la que seamos capaces de exigir su protección será la manera en la que
podremos exigir justicia para cada uno de nosotros.
Al
final de todo, el cambio, la revolución o como quiera llamársele no comienza
con el primer disparo, sino con la primer pregunta.
Por
@garo87
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