Voces
de la calle
Por:
Neftalí Cortés
Los rayos del sol son
tenues pero se dejan sentir con aplomo, en una de las esquinas del zócalo de la
ciudad justo frente a una casa editorial se comienzan a congregar grupos
pequeños de jóvenes, algunos llevan cámaras fotográficas, otros portan cartulinas
y plumones y unos más llevan máscaras de un personaje emblemático de la
historia nacional, personaje que representa los valores más nocivos como
presidente de un país.
El tiempo transcurre inexorable,
los pequeños grupos comienzan a crecer y se adivinan al menos 200 almas
jóvenes, las cartulinas sobresalen de entre la aglomeración, sin embargo una de
ellas contiene una frase sucinta pero determinante: “y la verdad nos hará libres”. Los muchachos se encuentran alegres,
firmes y dispuestos.
Las nubes comienzan a
opacar la luminosidad del astro rey, que dejan caer sus últimas radiaciones en
las grandes torres de la catedral éstas se muestran estoicas ante ello, los
jóvenes se asemejan a los pilares del templo.
Un ambiente de
camaradería impera en el lugar: saludos, risas, abrazos y bromas por doquier,
de repente las ondas sonoras provenientes de un altavoz hacen que la multitud
se acalle por un momento para centrar la atención en el mensaje. Consejos, el
“código de ética” es leído por una voz fresca, animosa y motivante; lo que se
debe y lo que no se debe hacer durante la marcha.
Pasan unos minutos más,
se dejan escuchar las primeras consignas: “prensa vendida”, “la democracia no
se vende”, éstas hacen eco en el lugar, la gente que pasea contempla el acto,
algunos aplauden y comienza la marcha.
El valor del grupo se
contagia a las personas que espetan gritos alentadores, de apoyo y aplausos,
ante ello los jóvenes se exaltan y se notan más decididos aún. Las proclamas
plasmadas en papel se lucen por los aires que se hacen cómplices del ambiente,
ondea una gran bandera, el símbolo que unifica en una misma causa, también
sobresalen carteles que muestran el icono mundial de la revolución: el che
Guevara.
Loa altos edificios
coloniales son secuaces de las consignas que pregonan los estudiantes, pues los
amplifican y combinan con los firmes pasos que hacen vibrar vidrios, pero más
importante: hacen vibrar corazones.
Llega la primera
parada, las puertas de una de las dos televisoras con más incidencia a nivel
nacional, las personas que reciben a los jóvenes cierran a cal y canto las
puertas, sus llaves giran la chapa hasta el tope, mientras los gritos se
magnifican: “voto informado no manipulado”.
Una vez más la voz
fresca sosiega a la multitud, y expresa las exigencias: “democratización de
medios de comunicación”, “no a la información sesgada”, “objetividad en la
información”, “cultura no telenovelas”, de entre todos un joven ingresa a las
instalaciones de la empresa para entregar un documento que enuncia éstas
exigencias, no obstante quizá el documento no es necesario, las voces fundidas
en una misma traspasan muros.
La marcha estaba
prevista hasta ese lugar, pero los ánimos y la energía están a tope, la
decisión en los muchachos es enorme y la disposición otro tanto, por lo que los
pasos continúan su andar con dirección a la otra empresa de producción
audiovisual.
A cada paso el ánimo
aumenta y se alimenta de los alentadores gritos y aplausos que la gente
obsequia al grupo que ya muestra miles de voces, miles de pancartas, miles de
pisadas. Ni siquiera las empinadas pendientes cuesta arriba que presenta el
camino impide la marcha, nadie claudica y las personas desde sus autos apoyan
con el claxon.
Segunda parada, la
cadena televisiva más influyente en el país. Se hacen presentes nuevamente las
voces unificadas que formulan las mismas exigencias hechas a su similar, pero
ésta vez con mayor ímpetu. “Si hay imposición habrá revolución” sentencia el
grupo. Gente observa desde el techo de las viviendas aledañas, mientras un camarógrafo
de la empresa graba bien resguardado desde el interior del lugar.
Ha transcurrido
alrededor de una hora y media desde el inicio del movimiento, es hora de
regresar al punto de inicio, se recorre el mismo camino de vuelta, a pesar de
que las voces se notan un poco decaídas, siguen siendo las voces de la calle,
exigentes, defensoras y críticas. No obstante la energía no se agota, continúan
las consignas.
El zócalo vuelve a
recibir a un grupo que se gestó incipiente y que retornó multiplicado por
miles, hay sonrisas y algunas personas que esperaban en el lugar piden el
altavoz; la osadía se ha contagiado. “Yo los felicito como abuela y les pido
que no dejen de hacer esto, merecemos un país mejor, ustedes lo pueden cambiar”
expresa una conmovida señora que se distingue por el brillo plateado de su
cabello. La emoción cierra con broche de oro: los versos inmortales de
Francisco González Bocanegra se hacen presentes, al término la aglomeración se
empieza a dispersar y un maltrecho cartel muestra el esplendor de sus letras: y la verdad nos hará libres.
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